Cuando nos "regalan" una hora más como este fin de semana, las mañanas del domingo se hacen más largas. Parece que sesenta minutos sean poca cosa, pero teniendo en cuenta que te despiertas a las ocho y media, y en realidad son las siete y media... en fin, son esas cosas inexplicables que hemos tenido que ir interiorizando año tras año.
Me apetecía salir a pasear sola, pero una invitación simplemente de cortesía al peque, ha acabado en un paseo de dos. El tiempo ha sido hoy muy agradable aunque los días grises y nublados empiezan a ganarle la batalla a este cielo azul tan precioso. Nos hemos parado un momento a observar y escuchar el río, y hubiese estado genial tener un par de sillas a mano y quedarnos un rato. El peque ha tirado varias piedras mientras yo le miraba y pensaba lo mayor que se está haciendo.
Hemos seguido andando y al final de este camino hemos dado la vuelta. En total sesenta minutos de suave caminata, aunque lo suficiente para hacernos sudar un poco.
Los campos ya están cosechados y listos para dar sus frutos nuevamente, gracias al importante trabajo de los agricultores. También hemos visto pequeñas huertas con sus cebollas perfectamente alineadas, lechugas, rojos tomates destacando en unas ramas ya marchitas, toda una alegría para los sentidos.
Gran parte de lo que somos y comemos nos lo da la tierra, por eso debemos estar tan agradecidos. Al llegar a casa y con estos pensamientos en mi cabeza, me he fijado en el frutero y lo he relacionado con la tierra y los agricultores. ¿Acaso algo de esto estaría aquí sin su trabajo?
Una de las frutas que más nos gustan al peque y a mí son las uvas rojas, así que ayer por la tarde y para merendar tuvimos un mano a mano de lo más saludable. Una vez, creo que ya lo mencioné en algún post, probé este tipo de uva pero sin pepitas y eran más espectaculares si cabe.
Espero que hayáis disfrutado de este fin de semana.
Hasta pronto.