En un
post de hace un año, os enseñé la colección de cuentos troquelados que todavía conservo de mi infancia. Los que más me gustaban eran los editados por Editorial Saldaña a principios de los 70, y en especial los dibujados por José Luis López Fernández. Mi idea era hacerle un pequeño homenaje pero aunque he intentado buscar información sobre este ilustrador tan fantástico, no he encontrado nada. Este dibujante puso color y emoción a mis años de niña. Las caras de los personajes eran un absoluto estallido de alegría. El único cuento que no conservé era precisamente el de la foto: Martita la Colegiala, mi favorito absoluto. Recuerdo que le pedía a mi madre que me lo leyese una y otra vez, no me cansaba nunca. Supongo que quedó tan gastado que fue a parar a la basura. Lo he retenido en mi memoria durante casi cuarenta años.

A veces lo busqué en internet, pero solo encontraba ejemplares viejos e incompletos, hasta que hace poco vi en eBay una reedición en formato grande y lo compré. ¡Qué alegría más grande cuando abrí el sobre! Recordaba ese alegre despertar de Martita por la mañana. De niña pensaba: "¿qué hace durmiendo en el balcón?", jajaja... y ese pie de cama, yo creía que era un cepillo gigante.
Aquí mi recuerdo era: "¡Jo, qué dientes tan blancos!" Yo seguramente tendría los de leche aún...
Me maravillaba el colegio al que iba Martita. Yo fui a colegio público, y pensaba que las niñas que iban a colegio privado y con uniforme se lo pasaban mucho mejor. Aunque lo que no me quedaba claro aquí es quién era Martita. ¿No se supone que era pelirroja y llevaba dos coletas? Y ¿qué hacían esas partituras por el suelo?
Esta imagen de la excursión era como viajar al Tirol. Quedaron grabadas en mi memoria la niña gordita que intentaba subirse al árbol y el bocata que se zampaba la que estaba a sus pies, y que encima la tía se llevaba el termo y además tenía otro bocata de repuesto al lado. Luego me fijaba en la niña que tocaba la armónica a la izquierda y me parecía que también se estaba comiendo un bocata, jajaja...
Todo eran alegrías en este cuento (aunque el que yo tenía no era exactamente igual, había alguna ilustración más). Al final se celebraba una fiesta de cumpleaños en la que todas las niñas iban perfectamente conjuntadas, zapatos relucientes a juego con el vestido y con los lazos. Había confetis y gorritos, algo que yo solamente relacionaba con la Navidad, fuera de ese contexto me parecía un exceso (en mi mente de cuatro años, claro).
Este dibujante también realizó las famosas cartas de familias de Fournier de los años 70. Seguro que más de una tuvistéis esta baraja. Esta es la que yo conservo.
Lo dicho, un gran dibujante de la época del que no he podido encontrar más información, pero que puso el rostro a la alegría y la ilusión en mi infancia. Si alguien conoce algo más de él, me encantaría saberlo.
Un abrazo y gracias por estar ahí.
Hasta pronto.