Me gusta la lluvia, pero no cuando hace frío y sopla el viento y tienes que hacer recados por la ciudad. No importa en qué posición sitúes el paraguas, acabarás empapada igual. Apenas son las siete de la tarde, pero ya está oscuro. Luego esperas el autobús pacientemente. Escucho el sonido de las ruedas de los coches al pasar por el agua, cosa que siempre me recuerda a la infancia. Las luces del semáforo se reflejan en la carretera y deseo hacerles una foto pero me da corte. Pasa gente con bolsas de El Corte Inglés, otros hablan por el móvil, unos ríen, otros van serios, unos fuman ansiosos el último cigarro como si fuesen a subir a un vuelo intercontinental, unas señoras hablan del colesterol y dos chicos pasan haciendo footing, sí footing. Supongo que hoy estarán con principio de neumonía. Cuando llega el bus, nos apelotonamos para entrar lo más rápidamente posible sin mojarnos. Una vez dentro rezas por encontrar un sitio. Casi media hora después llegas a tu destino. Te cambias y preparas la cena. Se me hace raro no tener que estudiar, jajaja.... es como si me faltase algo.
He puesto fotos de la última semana, que aparte de las lluviosas, las otras no tienen mucho que ver con el agua: un selfie en el retrovisor, unas hiedras maravillosas, un hojaldre de solomillo con queso azul, un charco en un árbol, una ensalada con aguacate, una marquesina y un castañero en la calle Estafeta, que visto así, me recuerda un poco a Clint Eastwood, por detrás claro.
Os deseo un fin de semana estupendo.
Abrazos ♥♥♥