Hola amigas!!! Justo hace una semana, cayó la primera nevada de este otoño. Fue durante la mañana del viernes. Luego ya no nevó más, pero como hacía mucho frío la nieve tardó en deshacerse. Recuerdo cuando el chico era más pequeño, no hacía falta preguntarle dos veces si quería ir a jugar a la nieve. Ahora ni lo intento, no vaya a ser que me mire como a una loca.
Pero el sábado después de comer, ese espíritu infantil que reside en mi corazón, me impulsó a salir a recorrer uno de mis caminos habituales. Busqué el gorro de lana, los guantes y las botas de goma (no tengo otra cosa), ya que la otra opción era quedarme en el sofá amodorrada hasta la hora de cenar. Sr. marido tampoco es muy amigo de "grandes aventuras"... así que me fui sola.
¡Qué diferente se ve el paisaje! La luminosidad que aporta la nieve, hace que los espacios parezcan más grandes.
Pensé lo fría que debía estar el agua, y en dónde se meterán las aves que suele haber en los márgenes de los ríos.
La tarde se oscurecía poco a poco, casi sin notarlo. Bajé mi gorro de lana para tapar las orejas todo lo que pude, y subí mi bufanda hasta debajo de los ojos para que el aire frío no se colase por los huecos. A la ida el viento me daba de espaldas, pero a la vuelta lo hacía de frente, así que por momentos tenía que entrecerrar los ojos. Me gustó el tono ocre que iban tomando los campos, y el color lila clarito que se veía en el cielo.
En resumen, un pequeño paseo que con su frescor me sacudió la vagancia del cuerpo y me hizo disfrutar de esos cambios que experimentan las cosas bajo otras circunstancias.
Un abrazo ♥♥♥